Chicago, Lunes, 18 de Diciembre de 2017
Dec.
18
2017

¡Hacer dieta hasta enloquecer! Los 36 hombres que estudiaron cómo afecta el hambre al cerebro

       Ancel Keys, una biólogo de la Universidad de Minnesota y fundador del Laboratory of Physiological Hygiene a comienzos de la Segunda Guerra Mundial, había trabajado para el Ejército de Estados Unidos contribuyendo a mejorar el valor nutritivo de los kits y raciones de combate de los soldados norteamericanos, las célebres raciones K.
  Hacia el final de la guerra, Keys se interesó por una cuestión todavía más importante. La guerra había dejado tras de sí un problema aún mayor:
        En ese momento me di cuenta de que había mucha gente, millones de personas probablemente, que estaban en condiciones de semi-inanición. Yo quería saber cuál sería el efecto de ello, cuánto tiempo duraría, y lo que sería necesario para que volvieran a estar sanos y normales.
     De esta forma puso en marcha el experimento. Y por extraño que pudiera parecer, se apuntaron al mismo más de 100 objetores de conciencia de manera voluntaria. De ellos, Keys seleccionó a 36, aquellos que veía mejor preparados físicamente.
     Con los sujetos elegidos llegamos al 19 de noviembre de 1944. Ese día trasladaron a los 36 objetores a una zona de la universidad.
      Durante los primeros tres meses fueron alimentados bajo una dieta normal mientras el biólogo analizaba los estados de salud, su ingesta nutricional promedio y otros detalles relacionados con el metabolismo de cada uno.
     El 12 de febrero de 1945 comenzaba el experimento. Ahora sólo tenían dos comidas al día, una a las 08:30 de la mañana y otra a las 17:00.
     Esas dos comidas tenían una “variedad” de tres menús, es decir, durante los siguientes seis meses alternaban entre tres tipos de comida, todas correspondientes a los únicos alimentos que podían alcanzar a comer las personas que estaban pasando hambre por toda Europa y Asia.
     El biólogo había calibrado la cantidad precisa de alimento suministrado según el peso individual corporal de cada individuo. Su objetivo era que cada uno de ellos perdiera una cuarta parte de su peso durante los seis meses.
    Después de la fase de inanición siguió un período de tres mese de “rehabilitación” donde los sujetos de prueba fueron divididos en grupos y engordados otra vez a través del uso de varios menús diferentes estudiados por Keys.
      Cuatro años después del experimento, Keys publicó sus hallazgos junto a todos los datos que había recogido en un trabajo final de más de 1.400 páginas.
      Bajo el título de The Biology of Human Starvation, el experimento no sólo había investigado los procesos físicos como la pérdida de peso, la pérdida de cabello, la sensibilidad al frío o los cambios en la química del cuerpo y los órganos internos, también se adentró en el efecto que nos produce a los humanos la mala nutrición en la propia inteligencia, la capacidad de comprensión o la propia personalidad del individuo.
      Algunos de los hallazgos más interesantes del experimento de Keys fueron los relativos a los cambios mentales que se produjeron como consecuencia del hambre.
       Muchos hombres fueron presa de la apatía y la depresión. El hambre hizo que todo lo demás fuera irrelevante.
       Descuidaron sus costumbres de higiene personal, se convirtieron en individuos más solitarios y la gran mayoría de ellos sólo podía evocar el interés por las cosas que estaban relacionadas con los alimentos.
      Por otra parte también, perdieron su apetito sexual, la mayoría de entretenimientos como las películas les aburrían, a excepción, claro está, de aquellas escenas donde salía gente comiendo, que les disparaba la adrenalina.
     El 10 de mayo fue el momento en el que Lester Glick, nuestro hombre del comienzo, escribió lo siguiente en su diario:
      Mi hambre ha adquirido nuevas dimensiones que nunca podría haber imaginado. Parece que mis huesos, los músculos, el estómago y mi mente se han unido en su anhelo por la alimentación.

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